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Estrés térmico en el trabajo: ¿Cómo el cambio climático amplía los riesgos laborales?

Las olas de calor ya no son una anomalía estacional. En España, la frecuencia e intensidad de los episodios de calor extremo ha aumentado de forma sostenida en los últimos veinte años, y las proyecciones climáticas apuntan a que esta tendencia continuará. Para los responsables de prevención de riesgos laborales, esto tiene una consecuencia directa: los planes preventivos diseñados hace cinco o diez años pueden estar quedándose cortos.

El estrés térmico era un riesgo conocido y relativamente circunscrito a sectores concretos. Hoy se está convirtiendo en un factor transversal que afecta a más puestos de trabajo, durante más meses al año y con mayor intensidad. A esto hay que sumar que el cambio climático no solo eleva las temperaturas, sino que multiplica otros vectores de riesgo, tanto físicos como psicosociales, que la evaluación de riesgos tradicional no siempre recoge.

Este artículo recorre los principales impactos del cambio climático en la salud laboral, con foco especial en los riesgos psicosociales, y propone un marco de actuación para que las organizaciones puedan anticiparse en lugar de reaccionar.

Índice

  1. ¿Qué es el estrés térmico y por qué va en aumento?
  2. Golpe de calor: síntomas y consecuencias en el entorno laboral
  3. Más allá del calor: otros riesgos físicos emergentes
  4. El efecto menos visible: riesgos psicosociales y cambio climático
  5. Ecoansiedad y solasalgia: nuevos conceptos en el radar de la PRL
  6. ¿Qué deben incorporar los planes de prevención de riesgos laborales?
  7. Preguntas frecuentes

¿Qué es el estrés térmico y por qué va en aumento?

El estrés térmico es la carga de calor a la que está sometido un trabajador como resultado de la combinación entre las condiciones ambientales (temperatura, humedad, radiación, velocidad del aire) y la carga metabólica que genera la actividad física de su puesto. No es una sensación subjetiva: el INSST dispone de metodologías validadas para medirlo, como los índices WBGT y IREQ, que permiten objetivar la exposición y determinar umbrales de actuación.

Lo relevante es que este riesgo, hasta hace poco concentrado en verano y en trabajos muy expuestos, se está expandiendo. Las olas de calor son más largas, llegan antes y afectan a zonas que históricamente no las sufrían con esta intensidad. Sectores como la construcción, la agricultura, la logística de almacén, el transporte de mercancías o el mantenimiento urbano llevan tiempo en el punto de mira. Pero también están viendo un incremento de la exposición perfiles que trabajan en espacios no climatizados, en exteriores durante jornadas largas o en zonas industriales sin ventilación adecuada.

La combinación de temperatura elevada, humedad y carga de trabajo sostenida genera una demanda fisiológica que el organismo solo puede compensar hasta cierto punto. Cuando los mecanismos de termorregulación se saturan, aparece la fatiga laboral, la deshidratación y, en los casos más graves, el golpe de calor.

Golpe de calor: síntomas y consecuencias en el entorno laboral

El golpe de calor es la manifestación más severa del estrés térmico. Se produce cuando la temperatura corporal supera los 40 °C y el organismo pierde la capacidad de autorregularse. Es una emergencia médica con riesgo de daño neurológico permanente y, en algunos casos, mortal.

Los síntomas del golpe de calor en adultos incluyen: piel caliente y seca (o sudoración intensa en el golpe de calor por esfuerzo), confusión, desorientación, pérdida de consciencia, temperatura corporal muy elevada, náuseas y cefalea. La diferencia entre un golpe de calor clásico y uno por esfuerzo es que en este segundo caso la sudoración puede estar presente, lo que a veces retrasa el diagnóstico.

En el entorno laboral, la identificación rápida es clave. Algunos signos previos que pueden indicar una evolución hacia el golpe de calor son el agotamiento por calor (sudoración excesiva, debilidad, mareo), los calambres musculares y la aparición de errores de atención o conducta inusual en el trabajador. Estos síntomas intermedios son la ventana de intervención.

La deshidratación juega un papel central en este proceso. Un trabajador que pierde entre un 2% y un 3% de su peso en líquido empieza a experimentar una reducción del rendimiento cognitivo y motor. A partir del 5-6%, el riesgo de complicaciones graves aumenta significativamente. Herramientas como Sweanty permiten monitorizar la composición del sudor de los trabajadores para personalizar la reposición de líquidos y detectar de forma objetiva cuándo un trabajador está en riesgo de deshidratación, antes de que aparezcan los síntomas visibles.

Las consecuencias legales de no gestionar adecuadamente este riesgo son también relevantes para el responsable de PRL. El incumplimiento de las obligaciones de evaluación y control del estrés térmico puede dar lugar a sanciones bajo la Ley 31/1995 de Prevención de Riesgos Laborales, especialmente si se produce un accidente o enfermedad derivada de una exposición documentada y no controlada.

Más allá del calor: otros riesgos físicos emergentes

El cambio climático no se limita a subir las temperaturas. Desde la perspectiva de la PRL, amplía el mapa de riesgos físicos en varias direcciones:

Riesgos biológicos. El desplazamiento geográfico de vectores (mosquitos, garrapatas) y patógenos como consecuencia del aumento de temperaturas y de la modificación de ecosistemas es una realidad documentada. En determinadas zonas de España, esto ya implica mayor prevalencia de enfermedades como la leishmaniasis o el virus del Nilo Occidental, especialmente para trabajadores en exteriores o en zonas rurales.

Riesgos químicos por contaminación atmosférica. Los episodios de contaminación del aire, los incendios forestales y las tormentas de polvo generan exposición a partículas y compuestos que pueden afectar gravemente a la función respiratoria. Los trabajadores en exteriores son los más vulnerables, pero también pueden verse afectados los que trabajan en instalaciones con sistemas de ventilación que captan el aire exterior.

Fenómenos meteorológicos extremos. Las DANAs, inundaciones e incendios tienen una dimensión de riesgo laboral directa para los equipos de emergencias, pero también para cualquier empresa cuya actividad se vea interrumpida o cuyas instalaciones sean afectadas.

El efecto menos visible: riesgos psicosociales y cambio climático

Este es probablemente el ámbito más subestimado. Los factores psicosociales —aquellas condiciones de trabajo relacionadas con la organización, el contenido del trabajo y la relación con el entorno que pueden afectar positiva o negativamente a la salud— están siendo modificados por el cambio climático de maneras que la evaluación de riesgos estándar todavía no incorpora sistemáticamente.

Hay varios mecanismos en juego. Las condiciones climáticas extremas complican la planificación del trabajo, generan imprevistos frecuentes y aumentan la presión por cumplir objetivos en contextos adversos. Esto eleva la carga de trabajo percibida, reduce la autonomía y puede deteriorar el clima laboral. Por otro lado, existe evidencia de que el aumento de temperatura favorece estados de irritabilidad y tiene efectos directos sobre el procesamiento emocional. Para trabajadores con atención al público —personal sanitario, docentes, comercio, transporte— esto puede traducirse en un aumento de la demanda emocional y de la conflictividad en las interacciones.

Otro factor es la exposición a eventos traumáticos. El incremento de la frecuencia de incendios, inundaciones y emergencias climáticas implica que más trabajadores, especialmente en servicios de emergencias, sanidad y protección civil, se enfrentan a situaciones de alta intensidad emocional. El estrés laboral derivado de estas exposiciones repetidas puede evolucionar hacia cuadros de estrés postraumático o síndrome de desgaste profesional que, si no se detectan a tiempo, generan absentismo, pérdida de rendimiento y deterioro de la salud mental.

La inestabilidad laboral asociada a los impactos económicos del cambio climático añade otra capa. En sectores como la agricultura, el turismo o la industria dependiente del agua, la incertidumbre sobre la continuidad del empleo es en sí misma un factor de riesgo psicosocial con efectos sobre la ansiedad laboral y el bienestar general.

Ecoansiedad y solastalgia: nuevos conceptos en el radar de la PRL

En los últimos años ha ganado reconocimiento un fenómeno que los psicólogos ambientales llevan tiempo describiendo: la ecoansiedad, definida como la preocupación o angustia crónica relacionada con el deterioro ambiental y el cambio climático. No es un trastorno clínico reconocido como tal, pero sus efectos sobre el bienestar psicológico son reales y medibles.

En el ámbito laboral, la ecoansiedad aparece con más frecuencia en sectores directamente vinculados a la sostenibilidad, la gestión ambiental o la industria extractiva, pero no es exclusiva de ellos. Puede manifestarse como una forma de fatiga laboral específica, dificultad para desconectar, sensación de impotencia o conflicto de valores cuando la actividad profesional percibida como parte del problema.

Relacionado con esto está el concepto de solastalgia, que describe el malestar emocional producido por cambios negativos en el entorno propio, como la degradación de un territorio por sequía, incendios o pérdida de biodiversidad. Este fenómeno es especialmente relevante en comunidades rurales donde el trabajo y el territorio están estrechamente ligados.

Para el responsable de PRL, el reto es doble: reconocer que estas formas de malestar psicológico pueden tener origen en factores externos al trabajo pero manifestarse dentro de él, y desarrollar mecanismos de detección y apoyo que no esperen a que el problema sea clínicamente evidente.

¿Qué deben incorporar los planes de prevención de riesgos laborales?

La Ley 31/1995 de Prevención de Riesgos Laborales obliga a las empresas a evaluar todos los riesgos presentes en el entorno de trabajo, incluyendo los de origen ambiental. El Criterio Técnico 104/2021 de la Inspección de Trabajo detalla cómo se evalúa el cumplimiento en materia de riesgos psicosociales, y aunque no menciona explícitamente el cambio climático, la obligación de actualizar la evaluación de riesgos ante cambios significativos en las condiciones de trabajo sí obliga a incorporar estas nuevas realidades.

En términos prácticos, los planes de prevención de riesgos laborales deberían avanzar en varias direcciones:

Actualización de la evaluación de riesgos térmicos. Revisar los umbrales de actuación, incorporar datos climáticos actualizados y adaptar los protocolos de trabajo en exterior durante episodios de calor extremo. La adaptación de horarios, la introducción de pausas térmicas y la reorganización de tareas pesadas hacia franjas horarias más frescas son medidas ya previstas en algunas normativas autonómicas.

Evaluación de factores psicosociales vinculados al clima. Incorporar en los cuestionarios de evaluación psicosocial (FPSICO 4.1 o CoPsoQ ISTAS21) preguntas o análisis específicos sobre carga de trabajo en condiciones adversas, presión temporal derivada de imprevistos climáticos, inestabilidad percibida y exposición a situaciones de emergencia.

Dotación de medios y formación. Equipos de protección adecuados para trabajos en calor, acceso a agua y zonas de descanso, y formación específica sobre síntomas de estrés térmico y mecanismos de autoprotección. La formación no solo cumple una función legal: mejora la detección temprana por parte de los propios trabajadores y sus compañeros.

Protocolos de apoyo psicológico. Para sectores con alta exposición a emergencias climáticas, desarrollar protocolos de seguimiento psicológico post-evento es cada vez más necesario. La detección temprana de síntomas de ansiedad laboral o estrés postraumático reduce significativamente las consecuencias a largo plazo.

Integración en la cultura preventiva. El cambio climático como factor de riesgo laboral no puede quedar solo en la documentación técnica. Requiere que los mandos intermedios lo conozcan, sepan cómo actuar y transmitan esta cultura al equipo.

Preguntas frecuentes

¿Está obligada mi empresa a incluir el cambio climático en la evaluación de riesgos?

La Ley 31/1995 obliga a evaluar todos los riesgos del entorno de trabajo, incluyendo los ambientales. No existe una norma específica que mencione el cambio climático por su nombre, pero la obligación de revisar y actualizar la evaluación ante cambios en las condiciones de trabajo sí aplica cuando las condiciones climáticas del entorno se modifican de forma relevante. La Agencia Europea para la Seguridad y la Salud en el Trabajo (EU-OSHA) y la OIT han publicado guías específicas al respecto.

¿Qué metodología uso para medir el estrés térmico?

El INSST dispone de metodologías validadas como el índice WBGT (Wet Bulb Globe Temperature) para calor y el índice IREQ para frío. Las notas técnicas de prevención del INSST (NTP 322 y relacionadas) detallan cómo aplicarlas en función del puesto y la actividad.

¿Los riesgos psicosociales relacionados con el cambio climático se evalúan igual que los demás?

Se evalúan con las mismas herramientas (FPSICO 4.1 o CoPsoQ ISTAS21), aunque es posible que haya que adaptar la interpretación de los resultados al contexto. Lo que cambia es la fuente del riesgo: en lugar de ser siempre de origen organizativo interno, puede tener un componente externo (incertidumbre climática, exposición a emergencias) que conviene identificar para diseñar medidas adecuadas.

¿Qué sectores tienen mayor exposición a estos riesgos?

Los más expuestos a riesgos térmicos son construcción, agricultura, logística, transporte y mantenimiento urbano. En cuanto a riesgos psicosociales de origen climático, destacan los servicios de emergencias, la sanidad, la protección civil y los sectores con alta dependencia de las condiciones meteorológicas (turismo, agricultura). La ecoansiedad tiene mayor prevalencia en sectores vinculados a la gestión ambiental o la sostenibilidad.

¿La deshidratación es un riesgo laboral en sí mismo?

Sí. La deshidratación reduce la capacidad cognitiva, aumenta la fatiga y eleva el riesgo de accidente. En trabajos con esfuerzo físico y exposición al calor, el seguimiento de la hidratación es parte de la gestión preventiva. Los síntomas de deshidratación en adultos incluyen sequedad de boca, disminución de la orina, cefalea, mareo y en casos avanzados confusión. Existen ya soluciones tecnológicas que permiten monitorizar la hidratación de los trabajadores en tiempo real, como Sweanty, una startup española con respaldo científico del CSIC que analiza la composición del sudor para personalizar la reposición de líquidos y reducir el riesgo en entornos de exposición al calor.

¿Qué es la ecoansiedad y cómo se detecta en el entorno laboral?

La ecoansiedad es la preocupación o angustia psicológica derivada del deterioro ambiental y la incertidumbre climática. En el trabajo puede manifestarse como fatiga, dificultad de concentración, sensación de impotencia o conflicto de valores. No existe un diagnóstico clínico específico, pero sí herramientas de evaluación psicológica que pueden detectar este tipo de malestar. La clave para el responsable de PRL es no esperar a que el trabajador llegue a una situación de crisis.

Dr. Ariel Ernesto Cariaga-Martínez. Director técnico y experto PRL